Al venezolano lo han desmontado emocionalmente como al Estado

En poco más de un año el venezolano ha modificado su estado emocional. De la rabia que en 2017 desató la convicción de que la crisis le arrebataba su capacidad de administrar sus ingresos y su futuro, pasó ahora a la resignación, al estado burnout o síndrome de “estar quemado”

Al venezolano lo han desmontado emocionalmente como al Estado

Por OLGALINDA PIMENTEL R. / [email protected]

 

En poco más de un año el venezolano ha modificado su estado emocional. De la rabia que en 2017 desató la convicción de que la crisis le arrebataba su capacidad de administrar sus ingresos y su futuro, pasó ahora a la resignación, al estado burnout o síndrome de “estar quemado”, generado por el estrés, y que implica cansancio y rendición no solo ante la crisis económica, sino también ante los deteriorados servicios públicos. Un cambio patológico que el gobierno ha causado, asegura la psiquiatra Rebeca Jiménez.

—El ciudadano se pregunta: ¿qué le pasa al venezolano que no reacciona ante la crisis?

—En este momento hay un proceso de despersonalización, de descalificación y de impotenzación del venezolano que lleva, por lo menos, 18 años. El ciudadano está en un jaque mate psicológico, social, económico, al que han llevado progresivamente, y solo busca sobrevivir. Si nos remitimos a la pirámide de Maslow, en estos momentos el venezolano está en un punto crítico en el que para subsistir como entidad biológica tiene que enfocar toda su atención en sobrevivir. Ha perdido todas las cosas que tenía como normales: el agua, la luz, la gasolina…; es el caos de su vida cotidiana.

 —¿Cómo se dejó llevar hasta allí? 

—Es un problema de autoestima que fue manejado absolutamente. Lo que pasó en Venezuela es similar a encontrarse con una pareja psicótica, una relación tóxica. Una de las personas quiere someter a la otra y esta permite poco a poco que eso suceda. Eso tiene sus fases, requiere tiempo. El agresor comienza a descalificar a su pareja y como tiene el poder sobre la otra persona mella su autoestima y la deja indefensa.  ¿El actor principal? Un gobierno populista con un plan de sometimiento. Esto no es nada casual, está planificado fríamente. Desde el primer momento, hace 18 años, se comienza a menoscabar la autoestima del venezolano. Esto no ocurre desde que se va la luz o desde que la gente se encierra en su casa por la inseguridad; esto es una de las piedras angulares de un estilo político que básicamente vino a apoderarse del país.

—¿Por qué impera ahora esa resignación patológica ante la crisis?

—Porque los venezolanos perdieron los mecanismos de defensa; el objetivo es sobrevivir y no enfrentar al gobierno. O te mueres de hambre y de tristeza, o buscas las fuerzas que te quedan para sobrevivir. Las principales víctimas han sido históricamente los más débiles, los más vulnerables y dependientes, que son el blanco y que generalmente pertenecen al estrato más amplio de la sociedad. Los someten a la especie de ilusión de que el Estado les proveerá para que sean dignos como seres humanos. El “yo soy el que te alimento”, crea dependencia sobre la base de la fantasía del otro. Los 18 años en los que la gente pensó que papá gobierno le daría todo, pasara lo que pasara, ha tenido un altísimo costo emocional, en el aspecto de de identidad, de reconocimiento, de oportunidades. Fueron quitándole al venezolano todas las herramientas para que se autogestionara y ahora está atrapado porque ni tiene con qué ni se consigue, y lo más grave, cree que no puede.

—¿Cómo evalúa el pase de la ira de hace un año a la pasividad, en el marco de las etapas emocionales del venezolano en estos 18 años?

—Creo que definitivamente hubo algo emocionalmente aplastante. La radicalización política en la que a los políticos les importaba cada vez menos las condiciones de salud de la gente, por ejemplo, que le importara un carrizo que un niño o un enfermo renal muriera; fue como la entrada a un túnel donde la vida perdió su valor. Cuando las políticas públicas de un Estado le dicen abiertamente al ciudadano: “no me importa que te mueras”, inmediatamente despierta otra etapa, la rabia se convierte en sobrevivencia, y justamente estamos allí porque a eso nos llevaron. Es lo mismo que hace un esposo psicópata: tratar de aislar a su pareja de la familia, de los amigos, hacerle sentir que el mundo está en contra de ellos; todo eso ha pasado políticamente.

—¿Quiere decir que el gobierno se comporta como psicópata?

—Si no lo es, se comporta como tal ante una población que enamoró al comienzo, pero que procuró darle todo al precio de su sumisión para mantener el poder, sin importar lo que se lleve por delante.

—¿Hay más resignados que deprimidos o al revés?

Están dándose los dos casos, pero dependiendo del grupo social. Frente a las oleadas migratorias que decidieron huir ante el peligro inminente, están los que se quedaron en el país y son los que están siendo atacados, no se defendieron antes y ahora son débiles ante la situación de agresión y sobrevivencia. Es esa la mayoría: gente que se ve en las colas, que busca el agua, que está en el metro que no funciona… Anteriormente hubo una etapa de mucha paranoia, pero ya ni siquiera eso.

—¿Cómo pueden las personas con burnout sobreponerse?

Eso es muy particular. El movimiento es la supervivencia. Creo que en la sociedad venezolana todos estamos enfermos, unos más otros menos, y la cura es salirse del sistema. Hay que salir del marido psicópata y eso nunca es fácil.

—¿Qué puede pasarle a la población venezolana de seguir así?

—Solo Dios sabe, pero creo que la sociedad buscará un mecanismo para sobrevivir, la vida es un valor supremo. En la historia de la humanidad ha habido muchos ciclos de muerte y la humanidad siempre ha logrado sobrevivir. Una vía para superar estos estados mentales es acudir a la solidaridad, ayudar a otros para sobrevivir. ¿Qué pasará en Venezuela?, no lo sé, pero la fuerza de la vida es indetenible.

Dignificar a los ancianos

¿Qué puede pasar con la salud mental de una población que siente que toda su vida está llena de dificultades y obstáculos?

—Y una cosa que está ocurriendo y que me tiene devastada es la decisión de los ancianos de no querer vivir. Conozco varios casos de ancianos que para que el resto de su familia pueda subsistir han generado ideas suicidas para no representar una carga económica a sus parientes. Dicen que no les compren medicinas, que compren para otros; dicen: “no gasten en mí que yo ya viví”. Es increíble; es muy sutil, pero eso está pasando.

¿Qué le aconseja usted a esas familias?

—Que dignifiquen al anciano. La familia debe tratar de seguir dándole a esa persona su comida, su amor.

Fuente: El Nacional

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